Resumir
Raúl Zibechi
Todos los actores sistémicos confluyen en la depredación de comunidades y naturaleza, sin distinción de gobiernos progresistas o conservadores. Foto
Todos los actores sistémicos confluyen en la depredación de comunidades y naturaleza, sin distinción de gobiernos progresistas o conservadores. Foto gob.mx/agn
Para imponer el capitalismo fue necesario disciplinar los cuerpos de los campesinos expropiados por los terratenientes para que, al ingresar en los “molinos del diablo”, estuvieran disponibles para ser explotados. Además del hambre y la represión, se utilizó el panóptico para disciplinar cuerpos y mentes, porque para explotar es necesario someter previamente. ´
Desbordados los panópticos por las resistencias, el control ocupa su lugar para neutralizar multitudes y hacer posible la continuidad de la acumulación de capital en otras escalas y espacios. En estos momentos de declive imperial, de agudo conflicto entre potencias capitalistas, de irrupción de los pueblos originarios y de las mujeres que luchan, las estrategias del sistema han mutado: para apropiarse de los bienes comunes, principal modo de acumulación en este periodo, es necesario destruir sociedades.
Se trata de romper el vínculo social, la relación solidaria entre personas, que es lo que permite enunciar que estamos en una sociedad en la que se existen normas, culturas, tradiciones y objetivos comunes. Las luchas de clases se producen en el interior de una misma sociedad, pero ahora estamos en otro nivel: en el estadio genocida del sistema. La destrucción de las relaciones sociales permite la eliminación sistemática de sectores enteros de una sociedad con total impunidad, con la pasividad de las mayorías.
¿Cómo se destruyen las relaciones sociales? Las clases dominantes se han vuelto expertas en ello, ya que su dominación está en peligro si las sociedades mantienen relaciones de solidaridad entre las personas, porque es lo que permite trabar o impedir el despojo. Una breve e incompleta lista de los modos como el sistema destruye sociedades echa luz sobre los actuales modos de opresión que, para perpetuarse, necesitan demoler las relaciones humanas.
El primero y más contundente es el miedo, la violencia indiscriminada contra cualquier persona, en cualquier momento y lugar. Ya no es necesario asesinar o desaparecer a quienes participan en organizaciones, a los que luchan contra el sistema, como sucedió décadas atrás. Siendo terrible, aquella violencia tenía un sentido: pretendía desorganizar a las personas que luchaban. Ahora va en cualquier dirección, pero siempre de arriba hacia abajo. La destrucción y desplazamiento de comunidades para controlar los bienes comunes, la llamada Cuarta Guerra Mundial por el EZLN, supone también el uso y abuso de la violencia.
La guerra contra pueblos y comunidades indígenas, consideradas un estorbo para la acumulación por despojo, busca destruir la comunión entre las personas, y entre ellas y la naturaleza, de ahí el desplazamiento forzado. Este modo es diferente y complementario del anterior: usa métodos y tiene objetivos similares, pero está focalizado, mientras la guerra en curso coloca al conjunto de la población en la mira.
El estadio superior aparece cuando las personas y las comunidades pierden toda esperanza, la desesperación, como la que sufrían los internados en campos de concentración por los nazis. Este modo de aniquilación de pueblos, analizado por el filósofo Giorgio Agamben, ha desbordado el espacio del campo para abarcar porciones enteras de los territorios que el capital desea controlar.
Una cuarta forma de destruir las relaciones humanas son los programas sociales de los gobiernos, que al individualizar las prestaciones, desgarran comunidades, urbanas y rurales, dejando a las personas desnudas ante el sistema financiero que los esclaviza mediante el consumismo y las deudas. Además de los estados, los grupos paramilitares y el crimen organizado juegan un papel destacado en la tremenda destrucción de las relaciones sociales que padecemos.
Todos los actores sistémicos confluyen en la depredación de comunidades y naturaleza, sin distinción de gobiernos progresistas o conservadores. Los patrones fabriles necesitaban personas en la planta de producción y en la sociedad, como obreros y como consumidores. De ahí que Henry Ford haya elevado en 1914 el salario de sus obreros de dos a cinco dólares diarios y limitó la jornada laboral a ocho horas, cinco días a la semana.
De algún modo, aquel patrón explotador “cuidaba” a sus obreros porque dependía de ellos. Ahora las y los de abajo somos completamente prescindibles y, en muchos casos, obstáculos para el capital. ¿Cómo se resiste y se lucha por cambiar el mundo cuando los sujetos de los cambios son desechables?
Apenas estamos empezando a vislumbrarlo, de la mano de las múltiples resistencias que atraviesan este continente. Campesinos, obreros, maestros y estudiantes, pueblos originarios y negros, periferias urbanas y territorios del extractivismo, están defendiendo la vida y los bienes comunes, el agua y la tierra, con sus propias manos, como las madres buscadoras. Solamente apegados a estas resistencias podremos revertir la tremenda crisis de las izquierdas y del pensamiento crítico: caminando junto a los pueblos.