Por Luis Gerardo Martínez Garcia
La era digital nos ha llevado a conceptualizar las bibliotecas personales (o familiares) como un fenómeno en peligro de extinción. Pero ese es otro tema. Por el momento, nos ocuparemos de las bibliotecas personales existentes: ¿cuál es su destino?
Esta pregunta surge a raíz de la charla con un amigo que me dijo ¿a quién podré donar mi biblioteca personal? Dada mi experiencia, no le pude contestar. Hace muchos años, un amigo personal falleció, su viuda intentó donar la biblioteca de casi 20 mil libros a una institución educativa de renombre; la respuesta fue sorprendente: no la aceptaron porque no tenían espacio, además de que tenían en bodega la de otro destacado intelectual a la que no habían atendido debidamente. La biblioteca de mi amigo terminó difuminada en varias manos; prácticamente desapareció.
Las bibliotecas personales tienen ese sello particular que caracteriza a su dueña o dueño y que crea por muchos años. Y que puede ir desde aquellas especializadas (con autores y editoriales muy reconocidos), o aquellas que crecieron con todo lo que llegaba a casa: libros, revistas, periódicos, panfletos, enciclopedias; nuevos, viejos o de colección pueden ser otros criterios para crear una biblioteca. Cada quien hace su biblioteca a su gusto.
¿Cuántos de esos libros o revistas se leyeron al cien por ciento? Nunca lo sabremos. Ese es otro tema para otra colaboración.
Veamos algunos posibles destinos de las bibliotecas personales, cuando los dueños aún viven o ya no:

1.- A bibliotecas públicas o privadas. Si bien les va, las bibliotecas personales son bien acogidas por alguna instancia que incorpora a la ya establecida. Las universidades, por ejemplo dan prioridad a personajes destacados o familias reconocidas, y cierran las puertas a las bibliotecas de los demás.
2.- A tiendas de libros de viejo. Los familiares le ven a ese cúmulo de libros una posibilidad de recuperación económica, prácticamente regalando (a costos muy bajos) los libros y revistas a ciertos comerciantes que saben su valor real y los venden a costos bastante elevados, sobre todo aquellos que se cotizan en el mercado bastante bien.
3.- A depósitos de papel reciclable. Otros familiares prefieren deshacerse de esos cerros de papel de manera más fácil e inmediata: acuden a vender por kilo, para que se conviertan en papel reciclado, sin más valor comercial ni estimativo.
4.- A mini bibliotecas personales. Existen parientes que prefieren colocar las bibliotecas en manos de gente que valorarán el patrimonio familiar: en académicos, lectores, estudiantes o vecinos que les darán buen uso a los libros.
5.- A Archivos municipales. Algunos optan por algo más institucional para garantizar el reguardo y buen uso del acervo bibliográfico del familiar. Acuden a gobiernos estatales y municipales, cumpliendo con protocolos normativos que garantizan un estante de largo aliento; estos son casos de excepción.
6.- Al abandono total. La otra posibilidad es un tiradero natural o intencionado en un rincón de la casa. Los acervos bibliográficos pueden sufrir el desinterés absoluto de los familiares a grado tal que caen en deterioro con el paso del tiempo, el depósito de polvo, y exposición al sol y la humedad.
El tiempo de vida de una biblioteca personal es temporal; la fecha de caducidad se identifica en el tiempo de vida de su creador; de ahí en adelante el destino de las bibliotecas pos morten es muy incierto.
Regularmente, no es la norma, pero el destino de las bibliotecas personales es muy triste. Los libros también mueren de tristeza.