POR: Pedro Miguel
Desde la tribuna más alta de la comunidad internacional, los jefes de Estado de Francia, Jordania, Turquía y España, países aliados de Estados Unidos, expresaron su repudio al genocidio de palestinos perpetrado por Israel. También lo hicieron gobernantes de naciones con vínculos menos estrechos con Washington, como Lula da Silva, de Brasil. Y mientras el asesino Benjamin Netanyahu ladraba ante una sala semivacía, en las calles de Nueva York marchó y fue reprimida una expresión de la sociedad estadunidense del rechazo creciente a ese genocidio.
En lo que debiera ser un altar de la convivencia, el diálogo y la colaboración, Trump amenazó con aniquilar a un país entero, calumnió a México en forma por demás proyectiva –porque los verdaderos epicentros, motores e instigadores del narcotráfico son Estados Unidos y su gobierno– y abogó por la ejecución extrajudicial, la agresión bélica, la intervención ilegal en otros países y el despojo a secas como instrumentos para promover la democracia y algo que él llama “civilización”.
Vayan como antecedentes el contraste entre la promesa–amenaza trumpiana de imponer el dominio total de Washington en este hemisferio y sus constantes agresiones a sus socios continentales más importantes, Canadá y México, y a la mayor economía de Latinoamérica, Brasil. Como consecuencia de esas agresiones, el gobierno de Ottawa ya decidió estrechar sus lazos con la Unión Europea y aflojarlos con su vecino del sur.
O el empecinamiento del amo de la Casa Blanca en destruir la presencia y la influencia de su país en Medio Oriente mediante la prolongación de una guerra a todas luces perdida y el aplazamiento absurdo de una derrota inevitable. La guerra contra Irán ha puesto en evidencia que ante la república islámica los grandes portaaviones estadunidenses sirven para muy poco más que darle una vida de infierno a sus tripulaciones, que las bases militares en la península arábiga, Jordania e Irak son mucho más vulnerables de lo que se pensaba; que, ante la creciente escasez de armas antibalísticas, el Pentágono no ha tenido otro remedio que descobijar a Japón, Corea del Sur, Europa y Ucrania para llevar a Medio Oriente municiones millonarias y de difícil fabricación; y que si Trump ha estado chantajeando a sus aliados europeos para que se involucren en el conflicto, ello se debe principalmente a que la Marina de Estados Unidos, en un afán de modernidad arrogante y temerario, retiró sus barcos dragaminas (clase Avenger e Independence) y quiso remplazarlos por una navaja suiza llamada Litoral Combat Ship, que en teoría sirve para muchas cosas y en la práctica, para ninguna.
Trump prometió evitar las guerras y se ha involucrado en una particularmente desastrosa. Prometió mantener bajos los precios de los combustibles y ha conseguido elevarlos en forma angustiante. Ofreció crear empleos y entre 2024 y 2026, el desempleo pasó de 3.9 a 4.1 por ciento (con un pico de 4.4 el año pasado) de la población económicamente activa. Amenazó a Irán con una guerra económica devastadora y le declaró la guerra a la economía de Estados Unidos. Mandó poner su jeta en una edición conmemorativa de monedas de un dólar –aunque la ley lo prohíbe– y su nombre, antes del de Kennedy en el centro cultural que lleva el segundo; también pretendió darle su apellido al estrecho de Ormuz, aunque no hagan falta pruebas genéticas para determinar que no es hijo suyo.
Como resultado de todo eso y de más, la aprobación de Trump entre la población en general ha caído hasta un histórico 32 por ciento, y en la última semana ese mismo indicador entre los republicanos se deslizó de 82 a 73 por ciento.
Significativamente, debido al acento cada vez más criminal que Marco Rubio le ha impreso al bloqueo contra Cuba, el respaldo a esa política se ha reducido en los últimos dos años, al pasar de 32 a 28 por ciento actual. Y todo ello, a escasas seis semanas de la elección de medio periodo prevista para el 3 de noviembre.
Falta, para completar el cuadro, que el señor gritón se vea en riesgo inminente de perder la mayoría en ambas cámaras y de quedar expuesto a un impeachment y que pretenda suspender esos comicios; es algo que no tiene precedentes, pero tampoco los tenía el intento de golpe de Estado promovido por Trump el 6 de enero de 2021 para no ser desalojado de la Casa Blanca.
Pensándolo bien, nadie hasta ahora había hecho más que Trump por acabar con la hegemonía planetaria estadunidense, por reducir la influencia de Washington en el mundo y por dinamitar el poder de la presidencia en Estados Unidos. Tal vez sea momento de reflexionar, de ver al hombre desde un nuevo ángulo y empezar a considerarlo un campeón de las causas contra el imperialismo. Tal vez cuando deje el cargo reclame el crédito por esos inmensos logros, se asuma al fin –tras duras décadas de vivir como un infiltrado– como una persona progresista y proclame: “han vivido en el error; todo este tiempo he estado del lado de ustedes; soy el más radical de los antifas; soy el compañero Trump”.
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